Raza y Revolución: parejas interraciales y cambio generacional (1).

Este post es un resumen de un artículo que publicara la Revista Temas en su número 70 de la profesora Nadine Fernandez, Salir a la Manigua lo pone a su consideración. El artículo es un poco extenso, por eso se entregara en dos partes.

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Nadine Fernández – –  Universidad del Estado de Nueva York.

 Las parejas interraciales han poblado Cuba a lo largo de los siglos. Han sido motores del mestizaje, sellos distintivos de cubanidad desde los tiempos de la colonia. Verena Martínez-Alier describió con gran destreza la dinámica racial de esas uniones en el siglo XIX; sin embargo, los estudiosos no le han prestado suficiente atención al asunto en la Cuba contemporánea. Su presencia se dio por sentada junto con la misma mecánica del mestizaje […].

Parejas interraciales en el contexto generacional

Son conocidos los esfuerzos realizados por el gobierno cubano para eliminar las desigualdades raciales tras la toma del poder en 1959. Algunos de los primeros discursos pronunciados por Fidel Castro abordan la importancia de luchar contra la discriminación racial en la Isla. La positiva repercusión de los cambios estructurales y las transformaciones puestas en práctica por la Revolución se reflejan en las estadísticas de indicadores claves como la mortalidad infantil, la esperanza de vida, la alfabetización y la educación.

Estos beneficios elevaron el espíritu de los cubanos de todas las clases y colores. A partir de los 60 y hasta los 80, las condiciones materiales de vida mejoraron en forma sustancial para muchos cubanos de color, si bien la mayor parte de estas mejoras tuvo lugar con arreglo a las políticas desprejuiciadas de la Revolución.

Si en el siglo XIX las uniones interraciales formaban parte de una explícita estrategia de blanqueamiento en la construcción de la nación, en la Cuba revolucionaria las parejas no pretendían blanquear u oscurecer la población. No se exaltaba la índole mestiza de la cultura o el pueblo cubanos, aunque también ellas fueran parte de un paradójico proyecto para construir la nación y

las razas. Para la Revolución el objetivo era crear una sociedad sin razas. De ahí que Fidel Castro dijera, parafraseando lo expresado un siglo antes por José Martí, que ser revolucionario (que después de 1959 equivalía a ser cubano) era ser más que blanco, más que mulato, más que negro. La identidad revolucionaria, refundida ahora en la nacional, pretendía que las razas dejaran de ser una variable significativa dentro del panorama social. Bajo la Revolución, no se esperaba de las parejas interraciales que produjeran mestizos, sino más bien revolucionarios socialistas. Estas participarían en la construcción de una sociedad en la que «las diferencias no importarían», y su misma presencia daría fe de cuán poca significación tendrían las razas. Este era el ideal desprejuiciado que la Revolución deseaba hacer realidad.

La repercusión del enfoque desprejuiciado y de las políticas igualitarias de la Revolución (y el silencio en materia de raza hasta hace poco) ha de entenderse en forma coyuntural, es decir, en el contexto de situaciones históricas, políticas y económicas particulares. En otros momentos hubo otras ideologías capaces de conformar esas relaciones y de darles sentido.

Aquellos que formaron parejas interraciales en los primeros años de la Revolución lo hicieron cuando se creía que era posible una Cuba desprejuiciada […].

Los cambios estructurales llevados a cabo por la Revolución, las movilizaciones masivas y la retórica de la igualdad socialista constituyeron un espacio social, físico e ideológico común para que las parejas de esas generaciones maduraran sus amores. Esos matrimonios eran a un mismo tiempo decisiones personales y políticas.

Una pareja interracial que entrevisté se había conocido mientras estudiaba en la Unión Soviética. Sofía, una mulata de clase media, se casó con Fernando, un blanco proveniente de una familia de la clase trabajadora en el campo. Para ella la relación no tenía nada que ver con blanqueamiento o mestizaje, sino que era parte del marco desprejuiciado de la Revolución, y la raza no importó a la hora de escoger a su compañero de vida. Fernando sentía que sus opiniones en materia de raza estuvieron profundamente definidas por la educación recibida.

Para Fernando, las políticas e instituciones educacionales de la Revolución agruparon como iguales en un mismo espacio físico a jóvenes muy diferentes. Para Sofía y Fernando una motivación política consciente no contribuyó tanto a que se conocieran, pero la omnipresente ideología desprejuiciada sí determinó que se unieran […].

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Las jóvenes parejas interraciales que entrevisté en el decenio de los 90 eran resultado de aquellos años de integración. Para muchos de ellos conocerse y hacerse novios era algo común y corriente, la atracción normal que puede haber entre vecinos o condiscípulos. Jaime, un joven blanco que estaba saliendo con una mulata, Madaleis, no tenía mucho que decir acerca de su decisión de iniciar una relación amorosa con ella. Dio por sentada la atracción y comenzaron a salir. A diferencia de las parejas formadas por generaciones anteriores, no consideraban que sus relaciones entrañaran posturas políticas y ni siquiera se detenían a pensar en la integración que los había unido. No obstante, a menudo la familia y los amigos reaccionaban de otro modo y no eran tan partidarios de las uniones interraciales.

La llegada del Período especial y el arribo de turistas a Cuba a partir del decenio de los 90 conmocionaron el marco de igualdad existente. Otras ideas acerca de las razas y las relaciones raciales, que siempre habían estado latentes, pasaron a ocupar un primer plano. El racismo hervía a fuego lento en las conversaciones, retumbaba por viviendas y espacios públicos y se trasmitía a las futuras generaciones en el seno familiar.

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