El entierro de la Enmienda Platt

 

enmienda-platt-3-junio-1934

Por: FERNANDO ORTIZ

La malaventurada institución conocida por “Enmienda Platt” ha muerto; pero aún hay que enterrarla y hay fetidez en el ambiente.

Se ha dicho que fue muerta por el gobierno de Grau, quien, al surgir de pura entraña cubana por la fuerza de Batista y sus soldados y la ideología de los estudiantes y sus seguidores, cometió la sublime muchachada de declarar la mayoría de edad de Cuba y terminada su tutela.

No fue así. Aquella juventud soberana no hizo sino reírse de la vieja “Enmienda”, echándole en cara su pasado de oprobio y mofándose de su presuntuosa, ilegítima y abusiva curaduría.

Y la “Enmienda” murió sola, de bochorno, abrumada por el peso de sus propios pecados; quizás, ¡seamos generosos!, por un remordimiento tardío de su conciencia. Murió como una “gold digger” que ya no puede seguir viviendo de amantes crapulosos, ni engañar con sus alifafes y arreboles anacrónicos a un gobierno de juventud plena, y de pura y desnuda varonía. En la histeria de su suicidio, la desdeñada blasfemó, amenazó, intrigó, rompió, despedazó, pataleó, lloró, y, en su deliquio desesperado, abortó su casi póstuma criatura… ¡pero murió!

Y de prisa, como para sepultar en vida a la apestada, allá en Montevideo, unos sabios doctores declararon que ya era cadáver, por más que aún se agitaba en estertores de agonía. Y allí se firmó el acta civil de su defunción. Por los Estados Unidos firmó su Secretario de Estado, quien un día fue soldado por Cuba Libre, el tan modesto como eminente estadista Mr. Cordell Hull. Y por Cuba firmó su Delegado a la Conferencia, quien ha sido el más afortunado diplomático de la República, el Dr. Herminio Portell Vilá.

Lo que se firmó hace unos días en Washington referente a la finada “Enmienda Platt”, no es más que la pomposa esquela mortuoria notificando su entierro. Y ahora tenemos mucho vuelo de campanas, antífonas sacramentales, desfile de uniformes, juramentos empenachados, palafreneros de librea, coronas oficiales, versos necrológicos, soberbias de duelo y llanto de envidiosos de la gloria ajena.

Hull, el intérprete sincero de la política de Roosevelt, apenas regresó a Washington de su misión en Montevideo, hizo redactar el tratado funerario; y ha decidido su inmediata firma venciendo las dilaciones a que aspiraban, por las orillas del Almendares y del Potomac, los amigos de misteriosas y huecas negociaciones para un asunto de puro decoro americano, en que ya no podría caber, sin peligro de nueva torpeza, “negociación” alguna, sino una discreta acta reconociendo su renunciación ya hecha solemnemente ante toda la América reunida, allá en las riberas del Plata.

¡Bien muerta está!. Ningún cubano lamenta su desaparición. Ni tuvo pureza en su cuna, ni recato en su vivir, ni distinción en su fenecer. Jamás dio fruto de bendición, y todas las usurpaciones, tiranías y dictaduras de Cuba, la corrupción las engendró en su vientre desdichado. Hasta la supresión del machadato, que pudo ser su obra redentora, y un buen epitafio para su tumba (un bel morir tutta una vita onora); por la forma en que se hizo, y sin dar auxilio a la cubanidad que pedía emancipación, más pareció un egoísta modo de lavarse salpicaduras de sangre en las manos propias, que el gesto noble de brindárselas a una patria torturada, menesterosa de un apoyo leal.

Pero la digna obra de Hull, cortando de repente la ya larga historia de pertinacia en el error, aún no ha terminado, pues seguirá sobre Cuba la fatídica maldición de la “Enmienda Platt” mientras en ella perdure la dictadura facticia que es su hija postrera, la hija nacida de un espasmo de su último desvarío. Al retirarse la “Enmienda Platt” de su vida de pecados, debió dejar a Cuba sin la mancha de su herencia. Debió dejarla en manos de un gobierno ponderado, imparcial y representativo del pueblo por designación directa de los reales y legítimos núcleos de sus energías vitales (las corporaciones culturales, capitalistas y obreras), y no por una agrupación heteróclita de políticos (buenos o malos, que ello no importa al caso y hay de todo en el racimo: verdes, maduros y podridos), que no representan sino sus propias aglomeraciones inorgánicas, confusas y contradictorias.

Hoy más que nunca, a los bien intencionados Hull, Batista y Mendieta, les corresponde borrar de veras la huella última de la “Enmienda Platt”, acabando cuanto antes con la forma dictatorial de gobierno que una y otra vez ha sido y es aún posible en Cuba, sólo por nefasta acción de la “Enmienda” y el afán de los gobiernos impopulares de ampararse en ella y alardear de instrumentos: las maquinaciones diplomáticas, los acorazados en bahía y los 30 000 marinos de desembarco.

Solo cuando hubiere en Cuba un gobierno de tres poderes bien divididos, aunque sean de estructura improvisada: pero verdadera, ejercitados por ciudadanos representativos de los órganos vivos del pueblo, y con la fuerza militar a su lado, entonces sí, de veras habrá desaparecido de Cuba la “Enmienda Platt”. Mientras eso no suceda -y ello podrá ocurrir en breves días, si todos depusieren sus pasiones airadas, sus bayonetas y bombas, sus codicias mal cubiertas y sus impaciencias incontenidas-, Cuba seguirá bajo la influencia desintegradora de la “Enmienda Platt”. Esta ha muerto; pero sigue atormentando al pueblo cubano con la presencia de su condenado espectro. Y seguirá oyéndose ruido de cadenas arrastradas, como de alma en pena.

Si pronto ha de ser el entierro de la bien desaparecida “Enmienda”, esperamos que quienes han de presidir sus funerales (Hull, Batista y Mendieta) digan las palabras justas que, cual conjuros, hagan huir el fantasma, y echen a la fosa más paletadas de realidad patriótica que cierren para siempre su sepulcro, de modo que no pueda seguir infectando a Cuba la pestilencia de su corrupción. No es cuestión de derechas ni de izquierdas, ni de grupos ni de partidos, sino de sensatez que ponga fin a la era de los gobiernos de facto y restaure la paz cubana sin más agresión ni más proscriptos.

Pero, aun más, Cuba tiene anhelos y hambre. Y quiere justicia y necesita pan, aun cuando sea de casabe nativo. Y los albaceas de la suicida “Enmienda” están en el deber de dárselo. Rebusquen y vean cómo, por las trapisondas de la vieja explotadora, se llevaron el patrimonio de los cubanos. No es difícil saberlo; y una vez sabido, ya es fácil reparar el mal hecho antaño, ayudándonos ahora con un poco de justicia y otro poco de pan, recomenzando así entre ambos pueblos una vida que sea verdaderamente de “new deal”, de “nuevo trato” y de “buen vecino”, sin enmiendas, sin intrigas, sin prepotencias y con espíritu de caballeros. Si eso no se realiza con presteza, el cubano creerá que la desaparición de la “Enmienda” escrita, no es sino un artilugio de prestidigitación diplomática para continuar la histórica con más desembarazo oficial, pero con una “enmienda invisible”, la cual sería todavía menos decorosa que la extinta porque la nueva opresión se ocultaría alevosa en una aparente irresponsabilidad.

Habana, mayo 30 de 1934.

Tomado de Bohemia

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